Cuando el modelo supera a los sujetos reales, la teoría no describe la realidad: la culpa.

La teoría democrática contemporánea sigue operando como si su sujeto central, el ciudadano activo, deliberativo, informado y persistentemente involucrado en los asuntos públicos, fuera una figura empíricamente reconocible. No lo es. Y hace tiempo dejó de serlo.

No porque la ciudadanía haya “fallado”, ni porque la sociedad se haya degradado moralmente, como sugieren ciertos discursos nostálgicos, sino porque ese ciudadano ideal es, en gran medida, una construcción normativa que la teoría se resiste a abandonar, incluso cuando la realidad social la contradice de forma sistemática.

La paradoja es evidente: nunca hubo tantas herramientas para participar, deliberar y expresarse políticamente, y sin embargo, el vínculo cotidiano entre los individuos y la esfera pública se muestra cada vez más frágil, intermitente y selectivo. Ante este escenario, buena parte de la teoría política y de la comunicación política insiste en diagnosticar apatía, desafección o déficit democrático. Rara vez se pregunta si el problema no está, en realidad, en el modelo de sujeto que sigue utilizando.

El ciudadano que la teoría necesita

El ciudadano ideal cumple una función clave: sostiene la arquitectura normativa de la democracia deliberativa. Es racional, se informa, debate, participa, se orienta al bien común y subordina, al menos parcialmente, sus intereses privados a causas colectivas.

El problema no es que este ideal sea deseable. El problema es que se ha vuelto el punto de partida obligado para interpretar la realidad, no una aspiración crítica frente a ella. Todo aquello que no encaja con este modelo aparece inmediatamente como carencia: apatía, individualismo, egoísmo, despolitización.

En lugar de revisar el ideal, se patologiza al individuo.

El individuo que realmente existe

El sujeto contemporáneo no es apático. Es selectivo. No es indiferente a la política, pero tampoco la habita de forma permanente. No vive en la esfera pública: entra y sale de ella, muchas veces por razones contingentes, emocionales o instrumentales.

Este individuo no se define prioritariamente como ciudadano, sino como trabajador, consumidor, cuidador, miembro de una familia, usuario de plataformas, sujeto de expectativas privadas. La política compite, y a menudo pierde, frente a una vida cotidiana saturada de exigencias inmediatas.La teoría democrática interpreta este repliegue como un abandono. En realidad, es una reconfiguración de prioridades.

El error de confundir lo normativo con lo empírico

Uno de los errores más persistentes del pensamiento político contemporáneo es tratar el ideal normativo de ciudadanía como si fuera una descripción sociológica. Desde ahí se construyen políticas, campañas, dispositivos comunicativos y estrategias de “activación ciudadana” que parten de un diagnóstico equivocado.

Se asume que el problema es la falta de información, de canales o de incentivos. Pero cuando estos se multiplican sin producir el ciudadano esperado, la conclusión no es que el modelo esté mal, sino que la sociedad está enferma. Esta lógica es cómoda: exonera a la teoría de revisarse a sí misma.

La esfera privada como chivo expiatorio

La expansión de la esfera privada suele presentarse como la causa del declive de la participación política. El individuo “replegado sobre sí mismo” aparece como el antagonista de la democracia.Pero esta oposición es falsa. La esfera privada no elimina la política: la condiciona. La filtra. La vuelve episódica. Pretender restaurar una ciudadanía activa sin reconocer este hecho es insistir en una ficción.

La democracia no puede sostenerse exigiendo a los individuos que abandonen la lógica de su vida cotidiana. Debe entender cómo esa vida cotidiana redefine las formas posibles de involucramiento político.

Un ajuste pendiente

Quizás el problema no sea que los individuos participen poco, sino que esperamos demasiado de ellos. Que seguimos evaluando la vitalidad democrática con métricas heredadas de otro tiempo, otro contexto y otro tipo de sujeto.Mientras la teoría no abandone su dependencia del ciudadano ideal, seguirá produciendo diagnósticos morales en lugar de análisis rigurosos. Y la brecha entre lo que la democracia espera y lo que los individuos pueden, o quieren, ofrecer seguirá ampliándose. No estamos frente a una crisis de ciudadanía. Estamos frente a una crisis de categorías.

Persistir en la defensa del ciudadano ideal no es un gesto inocente ni meramente académico: es una forma de ceguera voluntaria. Mientras la teoría siga hablando de un sujeto que delibera de manera constante, racional y orientada al bien común, seguirá fallando en comprender al individuo que efectivamente habita las democracias contemporáneas. Y una teoría que no describe, no explica y no incomoda, deja de pensar: administra nostalgia. El resultado no es una democracia debilitada por ciudadanos insuficientes, sino una reflexión política empobrecida por categorías obsoletas, incapaz de asumir que el problema no está en la gente, sino en el marco conceptual desde el cual se la juzga.