Cuando invocar a la democracia reemplaza pensarla
La participación ciudadana se ha convertido en uno de los conceptos más repetidos, menos interrogados y más tranquilizadores del discurso político contemporáneo. Se la invoca como solución automática a casi cualquier problema democrático: baja confianza institucional, crisis de representación, desafección política, legitimidad erosionada. Ante cualquier síntoma, la respuesta es la misma: más participación.
El problema es que esta insistencia no expresa una convicción teórica sólida, sino un fetichismo conceptual. La participación ya no funciona como categoría analítica, sino como objeto ritual: algo que debe mencionarse, promoverse y exhibirse, aun cuando nadie tenga claro qué produce, para quién y en qué condiciones.
Cuando el medio se convierte en fin
En su formulación más básica, la participación es un medio: una forma de vincular a la ciudadanía con los procesos de toma de decisiones. Sin embargo, en el discurso institucional y académico reciente, ha sido elevada a la categoría de fin en sí mismo. Participar deja de ser una herramienta y pasa a ser una prueba moral de salud democrática.
No importa tanto para qué se participa, ni con qué efectos, sino que la participación ocurra, pueda contabilizarse y sea comunicable. Talleres, consultas, plataformas digitales, encuestas, foros, mecanismos “innovadores” se multiplican sin que exista una reflexión proporcional sobre su impacto real.
La participación se mide. Se exhibe. Se celebra.
Rara vez se evalúa.
El ciudadano como recurso simbólico
En este esquema, el ciudadano deja de ser un sujeto político y pasa a convertirse en un recurso simbólico. Su presencia legitima procesos que ya están definidos de antemano. Su voz se incorpora como insumo, no como capacidad efectiva de incidencia.
Se invita a participar, pero dentro de marcos estrechos, lenguajes técnicos y agendas prefijadas. Cuando la participación no produce entusiasmo, se atribuye a la apatía ciudadana. Cuando no produce cambios, se asume como un problema de implementación.
Nunca como un problema del modelo.
El moralismo participativo
El fetiche de la participación funciona, además, como un dispositivo moral. Divide a los sujetos entre los “buenos ciudadanos” —activos, disponibles, involucrados— y los “malos ciudadanos”: pasivos, indiferentes, absorbidos por su vida privada.
Esta lógica no describe comportamientos: los jerarquiza. Y al hacerlo, desplaza la atención desde las condiciones estructurales de la democracia hacia la conducta individual. La carga del fracaso democrático se traslada silenciosamente al ciudadano, que nunca participa lo suficiente, nunca delibera lo bastante, nunca está a la altura del ideal que se le exige.
La participación deja así de ser un derecho o una posibilidad, para convertirse en una obligación moral no declarada.
Participar no es lo mismo que incidir
Uno de los silencios más persistentes en la literatura y la práctica participativa es la diferencia entre participar e incidir. Se asume que una cosa conduce naturalmente a la otra, cuando en la práctica suelen estar disociadas.
Se puede participar sin que nada cambie.
Se puede deliberar sin que nadie escuche.
Se puede opinar sin que exista capacidad real de decisión.
Cuando esto ocurre de manera sistemática, la participación no fortalece la democracia: la desgasta. Produce frustración, cinismo y retraimiento. Pero, paradójicamente, este retraimiento vuelve a ser leído como apatía, reforzando el diagnóstico inicial y justificando más participación en los mismos términos.
El fetiche se retroalimenta.
Una democracia que confunde actividad con política
El problema de fondo no es la participación ciudadana, sino la manera en que ha sido convertida en un sustituto del pensamiento político. Frente a la complejidad del individuo contemporáneo, la teoría y las instituciones prefieren multiplicar mecanismos antes que revisar sus categorías.
Se confunde actividad con política, visibilidad con poder, presencia con influencia. Y se sigue esperando que los individuos se comporten como ciudadanos permanentes en un mundo que les exige ser muchas otras cosas al mismo tiempo.
Romper el fetiche
Tal vez el desafío no sea “activar” más a la ciudadanía, sino bajar la intensidad moral del concepto de participación y recuperar su sentido analítico. Entender cuándo importa, cuándo no, cuándo es posible y cuándo se convierte en una puesta en escena.
Una democracia madura no se define por cuántas veces convoca a participar, sino por qué tan honestamente reconoce los límites de esa convocatoria.
Mientras la participación siga siendo tratada como fetiche, la democracia seguirá invocándose a sí misma en voz alta, sin escucharse pensar.