En la cultura contemporánea, el yo ha dejado de ser un problema que exige trabajo para convertirse en un objeto de veneración. Allí donde antes había conflicto, límite y responsabilidad, hoy se instala una forma de culto: cada individuo es su propio templo, su propia autoridad moral y, en cierto sentido, su propia divinidad. No se trata ya de responder ante una instancia externa, Dios, la ley, la comunidad, incluso la realidad, sino de preservar la integridad emocional de una versión idealizada de uno mismo.
Este desplazamiento implica una inversión profunda de la lógica terapéutica clásica. La terapia, que históricamente operaba como un espacio de confrontación, con el deseo, con la culpa, con la ambivalencia, con el daño causado y recibido, se transforma progresivamente en un dispositivo de validación. El objetivo ya no es comprender lo que incomoda ni asumir lo que exige cambio, sino sostener una imagen del yo como esencialmente bueno, herido pero nunca responsable, frágil pero intocable.
En este marco, el perdón ya no se dirige hacia afuera ni se inscribe en una trama de reparación. Se internaliza. Ya no se pide perdón a Dios, ni al otro, ni al mundo, sino al propio yo. El sujeto se absuelve a sí mismo antes incluso de formular la falta. El conflicto se disuelve no por resolución, sino por cancelación: si algo duele, se declara inválido; si algo exige renuncia, se redefine como violencia simbólica; si algo cuestiona la autoimagen, se diagnostica como tóxico.
Este giro no ocurre en el vacío. Va acompañado de una proliferación de rituales pseudo-terapéuticos y lenguajes cuasi religiosos: astrología, energías, “sanar al niño interior”, narrativas de destino y merecimiento. Estos dispositivos no buscan producir comprensión, sino coherencia emocional; no apuntan a transformar la conducta, sino a blindar la autoestima. El yo no se analiza: se consagra.
El problema no es la compasión hacia uno mismo, sino su absolutización. Cuando el sujeto se concibe exclusivamente como víctima de su historia, el cambio se vuelve innecesario y la responsabilidad se experimenta como una agresión. La noción de trabajo psíquico es reemplazada por la de merecimiento: el mundo aparece como un deudor permanente, y cualquier fricción con la realidad se interpreta como una injusticia personal.
Así, el ideal terapéutico ya no produce sujetos más libres, sino sujetos más frágiles frente al límite. Incapaces de verse por debajo de la versión de éxito y destino que se les promete, experimentan el error, la frustración o la exigencia como amenazas existenciales. La vida deja de ser un espacio de tensión productiva y se convierte en un escenario que debería confirmar, constantemente, la narrativa del yo.
Gilles Lipovetsky describió con agudeza la transición hacia una cultura del individuo desinstitucionalizado, liberado de grandes relatos, grandes deberes y grandes culpas. En su diagnóstico, el narcisismo contemporáneo no sería principalmente patológico, sino adaptativo: una forma de autopreservación subjetiva en sociedades sin anclajes sólidos, donde el yo se convierte en el último punto de referencia. Sin embargo, esa lectura, precisa en lo descriptivo, subestima una mutación más reciente: el paso del yo como refugio al yo como objeto de culto.
Un rasgo central de esta cultura es la creciente satanización del pesimismo y de la negatividad. Estados afectivos históricamente ligados a la lucidez, al duelo, a la prudencia o al reconocimiento de límites son tratados como fallas morales o interferencias que deben ser eliminadas. La tristeza, la duda o la angustia dejan de ser experiencias a pensar y se convierten en anomalías a corregir. La negatividad ya no cumple una función formativa: se expulsa del campo de lo legítimo.
El culto al yo no opera solo a nivel individual: produce una ética social específica. Una ética donde la incomodidad se interpreta como agresión, la exigencia como abuso y la crítica como violencia simbólica. El lenguaje terapéutico, desplazado de su función clínica, se convierte en un vocabulario moral que desactiva el desacuerdo. Allí donde hay conflicto, se diagnostica; donde hay tensión legítima, se psicologiza; donde hay responsabilidad, se habla de heridas.
Paradójicamente, esta lógica no debilita al yo, sino que lo hipertrofia. Al ser declarado frágil, el sujeto adquiere un poder moral desproporcionado: todo debe acomodarse a su sensibilidad, toda norma debe justificarse afectivamente, todo límite debe explicarse como cuidado. El yo deja de formarse en relación con el mundo y se convierte en un criterio absoluto frente al cual la realidad aparece permanentemente en falta.
En este punto, el diagnóstico de Lipovetsky muestra su límite. El yo contemporáneo ya no es solo ligero ni desinstitucionalizado: ha sido re-institucionalizado como autoridad moral suprema. El narcisismo deja de ser defensivo y se vuelve prescriptivo. No describe una condición, sino que impone una regla cultural: nada puede exigirle al sujeto más de lo que este esté dispuesto a tolerar emocionalmente.
El contraste con Freud resulta decisivo. Para Freud, el trabajo psíquico implica necesariamente conflicto: entre deseo y ley, entre pulsión y límite, entre yo e inconsciente. El malestar no es un error del sistema, sino su condición estructural. Eliminar la negatividad no libera al sujeto; lo priva de la posibilidad de elaborar. Una terapia sin confrontación traiciona su función más básica: volver pensable lo que no encaja.
Desde Kant, la crítica es aún más radical. La autonomía no consiste en protegerse del deber, sino en imponérselo racionalmente. Un sujeto que solo obedece a su sensibilidad no es autónomo, sino heterónomo de sus estados afectivos. En este sentido, el culto contemporáneo al yo no amplía la libertad moral: la reduce a autorreferencia emocional. El yo no se legisla; se excusa.
Byung-Chul Han permite cerrar el cuadro crítico. La cultura de la positividad, del bienestar y del “poder ser” no elimina la violencia: la internaliza. El sujeto se explota a sí mismo en nombre de su autenticidad y, al mismo tiempo, se declara víctima de cualquier límite externo. El resultado es un yo agotado, hipersensible y paradójicamente incapaz de sostener el fracaso, la demora o la negatividad.
El problema de fondo no es psicológico, sino antropológico. Una cultura que elimina la confrontación elimina también la posibilidad de carácter. Allí donde no hay choque con lo opuesto, no hay transformación; donde no hay pérdida, no hay aprendizaje; donde no hay negatividad, no hay maduración. El sujeto protegido de toda incomodidad no se vuelve más sano, sino más dependiente de la confirmación.
En última instancia, el culto al yo no emancipa: clausura. Clausura el conflicto, la responsabilidad y la posibilidad de verse a sí mismo como alguien que debe algo al otro, al mundo, a la realidad. Una terapia convertida en espacio de consagración y una cultura que prohíbe el pesimismo no producen sujetos más conscientes, sino sujetos incapaces de soportar una verdad básica de la vida adulta: que cambiar casi siempre implica atravesar lo que no confirma, lo que incomoda y lo que duele.
En este sentido, el culto al yo no libera del sufrimiento: lo infantiliza. Al negar la confrontación, niega también la posibilidad de transformación real. Y al convertir la terapia en un espacio de consuelo permanente, desactiva su potencia más radical: la de permitirnos dejar de ser quienes creemos que somos.