Francisco de Goya · Saturno devorando a su hijo
La incomprensión del infractor
Moralización, ingenuidad y fracaso de la intervención
LA OSCURIDAD
La oscuridad
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EL CABELLO
01 · La caricatura
La política le habla a un infractor que no existe.
LA BOCA
03 · La estrategia
La infracción no es siempre un extravío moral, frecuentemente es estrategia.
LAS MANOS
04 · La simulación
El infractor no ha cambiado, pero sí ha entendido cómo funciona el dispositivo.
EL CUERPO DEL HIJO
05 · La ingenuidad
El sistema premia la narrativa correcta.
EL PIE
08 · La realidad paralela
El infractor entiende la política pública mejor de lo que ella lo entiende a él.
Ahora, la obra completa.
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Idea finalLeer el ensayo completoLa incomprensión del infractor
01 · La caricatura
Muchas intervenciones sociales se diseñan pensando en una caricatura del infractor y pierden de vista al infractor real. Antes de comprender cómo piensa, decide y calcula quien infringe la norma, se le atribuye una disposición a cambiar que hace viable la intervención en el papel.
Se espera que reconozca sus intereses en los valores de quien pretende corregirlo y que, una vez entienda el mensaje, encuentre razones suficientes para actuar de otra manera. Así, el infractor real queda sustituido por alguien con quien resulta más fácil ponerse de acuerdo. Esa figura imaginaria protege a quien diseña de una posibilidad incómoda, la de que el otro comprenda perfectamente sus razones y aun así prefiera seguir infringiendo la norma.
02 · La moralización
La política pública empieza a perder de vista al infractor cuando sus expectativas sobre cómo debería actuar reemplazan la pregunta por qué actúa como lo hace. Deja entonces de verlo como un agente estratégico que responde a incentivos, oportunidades y costos, y pasa a verlo como un sujeto “desviado”, “herido” o “desorientado” que, en el fondo, querría ser “bueno”. La intervención queda reducida a una invitación a comportarse mejor, sostenida en la esperanza de que el infractor haga suyos los valores que se le proponen. Mientras tanto, sigue sin responderse qué sostiene su conducta y sobre qué condiciones habría que actuar para modificarla.
Cuando se desconoce cómo decide el infractor, la intervención acaba tratando carencias que ella misma le atribuye y deja intactas las razones que sostienen su conducta. Se habla de autoestima donde hay cálculo, de empatía donde hay instrumentalización y de falta de conciencia donde hay estrategia. De este modo, el lenguaje empático y terapéutico reemplaza al análisis conductual, y la política pública termina interviniendo símbolos en lugar de decisiones reales.
03 · La estrategia
La idealización del infractor atraviesa intervenciones en ámbitos muy distintos, como la movilidad, el ruido en espacios compartidos, la evasión, el fraude, la informalidad o la justicia restaurativa y transicional. Las escalas no son comparables, y no es lo mismo un vecino que pone música a todo volumen que un actor armado frente a un proceso de reparación. Aun así, el patrón se repite. En muchos de estos casos, quien infringe la norma sabe que su conducta es reprochable, pero ese juicio convive con razones que pesan más al momento de actuar, como ganar dinero, afirmar una identidad, conservar estatus, ejercer control, evitar un costo o satisfacer un impulso.
Una persona puede reconocer el daño que causa y aun así encontrar motivos para seguir causándolo. Por eso, intervenir exige comprender qué sostiene esa decisión y qué podría modificarla. Cuando se omite ese trabajo, la política insiste en explicarle por qué una conducta está mal a quien ya lo sabe y sigue obteniendo algo de ella. Pasa, por ejemplo, con las campañas que le recuerdan al conductor que invadir el carril exclusivo del bus es peligroso, cuando lo que pesa en su decisión son los minutos que se ahorra y la certeza de que nadie lo va a multar.
04 · La simulación
Cuando la intervención no comprende al infractor, se produce un efecto común. El infractor se vuelve ilegible para el sistema. Como no encaja en el marco moral que se le busca imponer o compartir, aprende rápidamente a simularlo. Dice lo que se espera que diga, repite el lenguaje de la intervención, teatraliza el arrepentimiento, internaliza el discurso correcto.
Esto, a oídos de quien ha diseñado la intervención, crea el escenario perfecto, en tanto confirma un supuesto éxito. Escucharse en el discurso aprendido y fingido del infractor se confunde con persuasión institucional. Notas para medios, crónicas en artículos, citas en investigaciones. En consecuencia, la intervención no solamente es insuficiente, sino que anula la posibilidad de crítica y cambio, porque quien la ha diseñado jura, usando las palabras del infractor, que su propuesta ha funcionado.
El infractor no ha cambiado: ha entendido cómo funciona el dispositivo. Al suponer buena fe, quienes intervienen diseñan sistemas fáciles de manipular. Cuando el infractor piensa estratégicamente y el sistema piensa moralmente, el resultado es obvio: el sistema pierde.
05 · La ingenuidad
En el diseño de intervenciones sociales aparece una paradoja incómoda y frecuente. Quienes las diseñan devienen víctimas de su propia ingenuidad. Al creer que el infractor quiere ser bueno y solo necesita acompañamiento, se vuelven susceptibles a la manipulación. El sistema premia la imitación de la narrativa correcta. La capacidad de mentir, que ya es funcional en el mundo infractor, se vuelve también funcional frente a las apuestas de la intervención.
La raíz del problema es una visión alterada del infractor, sostenida más por una necesidad moral que por evidencia. Resulta tranquilizador creer que una campaña, un ejemplo de buena conducta o un espacio de reflexión bastan para que el infractor cambie. Esa confianza suele revelar cuánto necesita quien interviene creer en el poder de sus herramientas y cuán poco ha examinado las razones de quien tiene enfrente.
El infractor puede comprender perfectamente la invitación al cambio y calcular qué le conviene hacer con ella. Si el sistema ofrece beneficios a cambio de ciertas palabras o gestos, aprenderá a reproducirlos. Una intervención mal diseñada le permite anticipar qué se espera de él, qué puede obtener y cómo evitar las consecuencias sin renunciar a la conducta que le resulta ventajosa. La propia intervención pasa entonces a formar parte de los recursos con los que cuenta para seguir actuando.
06 · El costo
La ingenuidad con la que se diseña una intervención tiene consecuencias que sobreviven a su fracaso. Los recursos se agotan, las conductas persisten y quienes deben convivir con ellas aprenden a desconfiar de la siguiente promesa institucional. El infractor, por su parte, puede encontrar en ese fracaso una confirmación de sus cálculos: las reglas admiten excepciones, las consecuencias son eludibles y el sistema ofrece oportunidades a quien sabe interpretarlo. Para quienes sí cumplen, la experiencia plantea una pregunta corrosiva: qué sentido tiene asumir obligaciones que otros pueden evadir sin perder sus ventajas. Así se desgasta la legitimidad de la política pública, en la distancia cotidiana entre lo que exige, lo que promete y lo que permite.
07 · El rigor
Las intervenciones “amables” pueden terminar enseñándole al infractor a desenvolverse mejor dentro del sistema. Tomarlo en serio exige comprender qué busca, cómo calcula y qué oportunidades encuentra para obtener ventajas. Esa comprensión permite diseñar políticas capaces de modificar su conducta y anticipar sus estrategias, sin absolverlo de responsabilidad. El rigor también exige revisar nuestras preferencias morales: cuando descartamos un mecanismo eficaz porque nos resulta incómodo, dejamos intactas las condiciones que hacen conveniente la infracción.
08 · La realidad paralela
Cuando las intervenciones no logran modificar los comportamientos nocivos, estos terminan por normalizarse. La frontera entre lo aceptable y lo inaceptable se vuelve difusa. El mensaje llega a quienes ya cumplen las normas, con la esperanza de que quienes las infringen acaben por reconocerse en él. Así se construye una realidad paralela, donde el acuerdo entre los convencidos ocupa el lugar de una respuesta a los conflictos reales. Mientras sigamos diseñando intervenciones para tranquilizar la conciencia de quienes las promueven y no para modificar conductas, el infractor seguirá entendiendo la política pública mejor de lo que la política pública lo entiende a él.
Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo, 1819–1823. Óleo sobre revoco trasladado a lienzo, 143,5 × 81,4 cm. Museo del Prado, Madrid.
¿POR QUÉ ESTA OBRA?
En el mito, Saturno devora a sus hijos por temor a que alguno lo destrone. Goya lo representa en la brutalidad de ese acto, con un rostro en el que también podemos leer terror y desesperación. La fuerza de la imagen está en esa coexistencia: vulnerabilidad, necesidad de control y capacidad de hacer daño pertenecen al mismo sujeto. Nos incomoda verlas juntas. Preferimos que el bien y el mal tengan rostros inequívocos, que quien sufre merezca nuestra compasión y quien hace daño quede enteramente definido por su crueldad. Saturno perturba esa separación: su miedo ayuda a comprenderlo y forma parte de lo que lo vuelve peligroso.
El recorrido revela la pintura por fragmentos para poner a prueba nuestra manera de interpretarla. Los ojos pueden despertar compasión; las manos nos enfrentan a la violencia que ejerce; la postura del cuerpo puede sugerir dominio sobre la víctima. Al descubrir la escena completa, tenemos que revisar lo que creímos entender y preguntarnos qué implica actuar frente a alguien cuyo sufrimiento convive con la capacidad de destruir. Una intervención corre un riesgo semejante cuando se aferra a los rasgos del infractor que despiertan empatía y confirman sus expectativas de cambio. La compasión puede estrechar la mirada hasta que la persona que tenemos enfrente queda sustituida por aquella que necesitamos imaginar para sostener nuestra propuesta.


